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Habríamos de preguntarnos de dónde les viene a los norteamericanos tanto su fascinación por las armas como su certidumbre que poseerlas es un derecho casi divino. La respuesta más inmediata pudiera estar en la tradicional desconfianza de los norteamericanos hacia sus autoridades, electas o nominadas, en casi todos los órdenes de su existencia…

ARTÍCULO

Por Manuel Gutiérrez Fierro

empalmeson@aol.com

—Especial para Culturadoor.com desde Phoenix, Arizona—

Día de publicación: 1-Marzo-2011

Hace días el influyente periódico norteamericano NYT propuso que el presidente Barack Obama corrija las leyes por medio de una orden ejecutiva, pues acusan debilidad del Congreso norteamericano. No es poco cierto lo que argumenta el periódico en su editorial. Sin embargo, gobernar por decreto, a la Chávez en Venezuela, no es ni popular ni democrático… aunque lo parezca.

Por su parte, el no menos influyente Washington Post divulgó en una edición reciente un reportaje que a lo largo de dos años le siguió el rastro a las armas que se venden en “la patria de los libres y bravos” –como dice la letra de su himno- a los grupos delictivos que operan en México. No se puede ni debe desestimar esta información del WP, porque les pone nombre y apellido a los armeros, que se escudan en una oscura Segunda Enmienda de la Constitución de Estados Unidos,  para dotar a los carteles de la droga del formidable poder de fuego que tienen.

Y aunque no lo parezca, la debilidad de que acusa el NYT al congreso yanqui se relaciona con el reportaje del WP en al menos un apartado: la criminal venta de armas que no sería posible sin la complicidad de los legisladores –principalmente republicanos- que son miembros activos y reciben órdenes y dinero para sus campañas políticas de la poderosísima e influyente Asociación Nacional del Rifle, (NRA, por sus siglas en inglés).

Pero para juzgar el hecho con más propiedad, habríamos de preguntarnos de dónde les viene a los norteamericanos tanto su fascinación por las armas como su certidumbre que poseerlas es un derecho casi divino. La respuesta más inmediata pudiera estar en la tradicional desconfianza de los norteamericanos hacia sus autoridades, electas o nominadas, en casi todos los órdenes de su existencia. Pero no hay que olvidar tampoco el origen étnico de este país, Inglaterra, donde los súbditos ingleses tuvieron su propia versión de Carta de Derechos y su proclividad a poseer armas para enfrentar a subsecuentes reyes déspotas. En fin, ese es el marco más o menos resumido de los orígenes morales de la Segunda Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos.

¿Y qué dice la Segunda Enmienda? Casi nada, leamos: “una milicia bien regulada, siendo necesaria para la seguridad de un estado libre (y) el derecho de las personas a tener y portar armas, no deberá infringirse”.

Estas veintitantas palabras plasmadas en la Carta Magna de los Estados Unidos, han sido controversiales desde su nacimiento y han provocado no pocos enfrentamientos entre sus simpatizantes y los que abogan porque se controle su venta. Quienes proponen controles a la venta de armas argumentan que la enmienda estaba enfocada a proteger el derecho colectivo de los estados a mantener unidades milicianas, aunque no un ejército propiamente dicho. Los defensores de la segunda enmienda en tanto dicen que ésta tiene la intención de proteger el derecho individual a tener y portar armas. Este por supuesto es un debate que ha alcanzado la Suprema Corte de Justicia y otras instancias judiciales de menor rango.

No hay la pretensión del autor de esta columna, por supuesto, de resumir en tan poco espacio una cuestión tan espinosa y divisiva para los norteamericanos. De hecho, dejo de lado muchas otras consideraciones, como el que antes de su adopción algunos estados del naciente país ya se habían promulgado en tal sentido; o que la estructura gramatical del párrafo obedece a errores o actos premeditados de sus autores, lo que traería nueva luz al tema.

En fin, mi opinión es que la Segunda Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos de América debe juzgarse, en pleno Siglo 21, dentro de un contexto más amplio e incluyente. Creo que al margen del derecho que tengan o no los norteamericanos a portar armas –y con ello a transportarlas, venderlas, exportarlas, exhibirlas, etc.- el tema merece un tratamiento distinto. Ya no se trata solamente de un derecho norteamericano a la posesión de armas; tampoco al derecho que pudieran tener a organizarse para evitar que el gobierno federal los avasalle –que pareciera ser la intención inicial en 1776.

No. Ahora se trata de un asunto mucho más grave: la extraterritorialidad de este derecho. Se trata de la exportación de armas a otros países –México en particular- en donde simplemente vivir se ha supeditado al “derecho” de los norteamericanos a vender sus artefactos de muerte a los carteles de la droga mexicanos.

Me pregunto qué sería de México y los mexicanos si Estados Unidos persiguiera, con el mismo celo que pone a sus empeños hegemónicos, a los que han convertido a la segunda enmienda en herramienta de muerte. Y en esto podemos incluir en primer lugar a la NRA, a los republicanos convertidos en gobierno títere, y a los armeros.

Paradójicamente, la segunda enmienda se ha convertido en la aberración que pretendía combatir: Una casta de nobles que agravia a los que no tienen representación. Un ente todopoderoso que avasalla y asesina en nombre de la democracia. Un país de gobernantes ciegos y sordos que se inclinan ante el dinero y el poder de una agrupación podrida como la NRA.

Resumiendo: Estados Unidos pasó de vasallo a rey, pero su patio de juego es México…y el mundo por extensión.


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